La gente diseña

Fotografía de Albert García aparecida en El País

Resulta difícil hablar sobre lo que está ocurriendo en nuestras viviendas en este momento, y son muy numerosas las opiniones publicadas en diferentes medios de comunicación que se hacen eco del modo en cómo esta crisis sanitaria ha puesto en evidencia nuestras casas y ciudades al mismo tiempo y en todo el mundo. Un número significativo de estas opiniones apuntan a déficits de diseño de las viviendas o incluso defectos atribuibles directamente al planeamiento urbanístico. Otros ponen el foco en la poca superficie, la falta de asoleamiento, de ventilación, etc., y otras nos recuerdan algunos ejemplos a los que emular a partir de ahora y parecen soñar en construir la ciudad del futuro. Pero, aunque las nuevas viviendas que se construyan recogieran las críticas vertidas en estas opiniones y fueran más eficaces ante una nueva crisis, estas serían muy pocas.

No volverán a darse las condiciones para construir algo de la envergadura del Eixample de Barcelona, ni siquiera en tres o cuatro generaciones conseguiríamos tener una ciudad nueva. Más bien deberíamos pensar en reparar adecuadamente los cientos de miles de viviendas construidas. Pero aún así creo que es tremendamente positivo el interés por opinar sobre la vivienda y pienso que lo que está ocurriendo, ha convertido las viviendas y la ciudad en un formidable laboratorio que nos obliga a pensar en algunas cosas. La primera es que lo nuevo, en el campo de la vivienda, no siempre nos ha mejorado la vida. Cualquier vivienda del Eixample, con muy pocos cambios, es remarcablemente mejor que las construidas en los últimos 30 o 40 años, incluso energéticamente. La tecnología aplicada a la vivienda no ha supuesto mejoras sustanciales, salvo el ascensor o algunos electrodomésticos, todos ellos de quita y pon. ¿Las llamadas casas inteligentes han resuelto algo estos días? Además, da la impresión de que cuanto más Decretos de Habitabilidad hemos hecho para poner coto a los abusos de la especulación y el mercado, se han rigidizado más aún y han acabado por volverse contra los usuarios.

Pero lo mejor de esta crisis son las personas, ellas están sometiendo a las viviendas a un uso intensivo que ha desbaratado, (por lo que leemos o vemos filmado en las redes sociales), los usos predeterminados de las piezas de la casa. Estos usos, muchos de ellos no previstos, hacen inaplazable el hecho de pensar nuestras viviendas en términos de “piezas” más que de “programa”, es decir de dormitorios, recibidores, salas o comedores. Piezas más regulares —más grandes— y más indeterminadas y que sea la gente la que las use como quiera, que sean las personas las que las “bauticen”, durmiendo, comiendo, trabajando o jugando en ellas. Lo que está ocurriendo debería enterrar para siempre la idea de lo funcional, es decir espacios especializados en una función, lo que supone sentenciar seriamente la vivienda moderna tal y como la hemos estudiado y la seguimos defendiendo. ¿Cuantos pasillos, esos denostados pasillos que interesadamente fueron bautizados por promotores malintencionados como metros cuadrados inservibles, nos han sacado del apuro estos días de confinamiento, especialmente si hay niños? Muchos constructores de automóviles los testan en pruebas como el París-Dakar, es decir en condiciones extremas y excepcionales. Hoy estamos sometiendo nuestras viviendas a ese París-Dakar.

Cuando esto acabe, no deberíamos tanto preguntar a la gente que ha faltado en su casa, como preguntarles cómo han usado las piezas de la casa. Es de ahí de donde deberíamos aprender. Son lecciones que enseñan a vivir, no enseñan “arquitectura”. Cuando alguien toma el sol estirado en el alféizar de la ventana, no está haciendo algo prohibido, está dando una indicación para diseñar una ventana mejor. Incluso para decirlo más crudamente: está ‘diseñando’ una ventana. No hay excusas para no leer estas señales. El día después deberíamos recoger datos, ver fotos, filmaciones, leer comentarios, tuits, y difundirlos para que otros intenten diseñar teniendo en cuenta estos datos. Abrir una moratoria, permitir hacer balcones con andamios desmontables sobre las fachadas que no los tienen, probar que tal funcionan, dejar que un “bricolage” a escala urbana interprete toda la creatividad volcada estos días. Será fácil a partir de ahora referirse a esta experiencia común —y global— cuando queramos argumentar sobre la distribución de las viviendas o sobre el valor de algunos espacios denostados hasta ahora, y ayudará a arquitectos y usuarios a tener un lenguaje común.

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Artículo aparecido en El País el día 2 de abril de 2020

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