Packaging

El Mercat de la Guineuta, en el paseo Valldaura, forma parte de un conjunto de mercados barceloneses de una época: edificios bajos y generalmente de hormigón armado que substituyeron los viejos mercados de hierro y cubiertas altas a dos aguas del centro de la ciudad.

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De esta clase son el de Virrei Amat, el de Sant Gervasi, el de Les Corts o el de Felip II. Mercados que han ido transformando su fisonomía los últimos años, el objetivo de los cuales parece obedecer a la idea política de dar una “nueva imagen”; y mientras los viejos mercados de hierro han seguido manteniendo su presencia, los de hormigón, menos apreciados, se envuelven con materiales actuales, relucientes, translúcidos o ligeros. Toda una metáfora de los productos preparados, envasados y dietéticos que se han ido abriendo paso en nuestros mercados.

Este de la Guineueta es especialmente singular, entre otras razones porque está ubicado en una zona de la ciudad formada por bloques de viviendas y que exhibe espacios libres de un cierto tamaño. Ahora, al cabo de unos años, muestran su nueva cara tamizada y completada por árboles democráticos que nos recuerdan los tiempos en los cuales la ciudad estaba falta de elementos de urbanización, así como las luchas para conseguirlos.

En este contexto de piezas aisladas en un tapiz más o menos continuo para peatones, estos mercados de hormigón se encontraban en su medio natural. El mercado reformado ha aumentado considerablemente su superficie y ha introducido a la banda opuesta al paseo Valldaura una infraestructura sepultada y completada con un supermercado, elemento común a todas las reformas de los mercados municipales emprendidas desde hace unos años. En el interior, algunas intervenciones en la pintura y la iluminación hacen evidente esta puesta al día.

En el exterior, el mercado parece extender su base esparciéndose con voladizos, taludes, rampas y escaleras, entre los cuales sobresale la marquesina de la entrada, inmensa y afeada por las letras “Mercat de la Guineuta”, que ayuda a dar un encaje urbana a la nueva entrada. Pero lo más singular de la reforma es sin duda el envoltorio constituido por placas de hormigón —conocido como “hormigón de altas prestaciones”—, que forman una banda continua por encima de puertas y escaparates, y que en algunos casos llega hasta el pavimento. Unos paneles dibujan una celosía hexagonal con agujeros redondos sellados con policarbonato de colores, muy vistosa gráficamente. Una forma que también se repite en los falsos techos, con otra coloración.

Los hexágonos en celosía y los colores son todo un hallazgo, al hacer volver a la escena estas figuras geométricas casi desaparecidas de nuestro repertorio. Hace unos años era habitual el trabajo a diferentes escaleras con estas formas que exudaban coordinación modular y concatenación, una expresión del prestigio que entonces tenía la química orgánica. Estos paneles son la parte visible de la reforma, que ha consistido en rodear la antigua construcción con una crujía más e imprimir así unidad visual al conjunto. Resalta esta formalización de paneles formando grandes aperturas por contraposición al sistema constructivo de hormigón existente, con bóvedas y jácenas. Mientras que el antiguo dejaba sentir una predilección por el peso, la gravedad y una cierta penumbra, el nuevo esconde el peso con bastante luz natural y resuelve el conjunto con más habilidad gráfica que arquitectónica, cosa por otro lado absolutamente actual y en la cual podemos ver una creciente predilección por packaging.

Ahora que todavía se pueden ver las filigranas estructurales de acero en la marquesina, con su revestimiento contra incendios, nos hace pensar que las estructuras han pasado a la clandestinidad, escondidas elegantemente bajo la nueva piel colorista y pixelada. Una tendencia que parece hermanar la arquitectura contemporánea.

Xavier Monteys  /  El País del 4 de junio de 2013

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Fotografia extraída de la web de El País

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