El derribo de Glòries

Ante el acuerdo de derribar el anillo de Glòries, parece oportuno hacer algunas consideraciones. Resulta al menos sorprendente que habiendo una gran coincidencia entre arquitectos y urbanistas en la cuestión del aprovechamiento del viaducto de Glòries, este se acabe derribando. Ya no es cosa del dinero que vale derruirlo por el gusto de darse un festival reivindicativo (37 millones de euros son mucho dinero *); la cuestión es derribarlo o aprovecharlo y no hacer demagogia entre el sí y el no. No creo que la cosa sea exclusivamente decidir entre el coche y el parque.

Glòries

En primer lugar, destacaría que no se haya hecho ninguna acción, ninguna ocupación del viaducto para poner a prueba su utilidad. Y no tan sólo esto, sino también experimentar el espacio de la plaza como un lugar accesible con el anillo incluido. ¿Se puede reclamar a las asociaciones de vecinos tener un poco de imaginación? Antes de dejar amputarnos un miembro, ¿no es prudente tener una segunda opinión? Si no hemos puesto a prueba lo que se podría hacer, si no podemos hacernos una idea de cómo se ve la plaza paseando por debajo del viaducto, entonces ¿cómo podemos tener claro, sin ningún tipo de dudas, su derribo?

Resulta un poco incongruente reclamar un perímetro que otorgue a este espacio una cierta unidad y no darnos cuenta que la unidad espacial se la confiere precisamente el viaducto elevado. He podido comprobar en algunas ocasiones, saltándome la prohibición a los peatones de pasar por debajo del viaducto, reservado a los autobuses, cómo desde bajo el anillo el conjunto arquitectónico de la plaza -que francamente es bastante esperpéntico- toma una unidad considerable y matiza los excesos de la singularidad arquitectónica. Así pues, ¿Por qué no darnos un periodo de prueba y encargar varias manipulaciones eventuales de este espacio hasta poder estar seguros de su valor?

Somos muchos los que creemos que, del aprovechamiento de esta estructura, puede surgir un espacio público, con poco más que luz y pintura. No son tiempos estos para el derroche. El anillo de Glòries cambió radicalmente cuando se suprimió el muro perimetral y se quitó el parking. Ahora la plaza es visible por los cuatro lados y el espacio interior del anillo, ridículamente cerrado (¿cómo se puede haber dejado cerrar el parque interior tanto tiempo y ahora reclamar un nuevo parque?), puede transformase de manera natural en una extensión de la boca del metro, puesto que es más fácil acortar distancias desde el interior.

Podría establecerse alguna actividad, como por ejemplo quioscos, paradas de transportes… Resulta difícil no mirar con envidia el proyecto conocido como Nagelhaus, de los británicos Caruso St John, en Zúrich, ciudad rica que ha decidido aprovechar los bajos de un nudo de circulación rodada realizando pequeñas manipulaciones bajo el viaducto y añadiendo dos pequeñas construcciones que parecieran haber estado allá mucho antes. La imaginación resulta clave en situaciones como estas, pero en Glòries no se ve por ningún sitio. Me dirán: pero ahora se hará un concurso! Sí, pero en éste es condición derruir el nudo. Resulta pues una buena ocasión para insistir que el proyecto de arquitectura es en buena parte el encargo.

En este caso, el encargo es producto de la terquedad de la asociación de vecinos; nace equivocado, anticuado e impropio de un país moderno, y en cierto modo, es una traslación del espíritu de derroche de estos últimos años al campo de la reivindicación vecinal. Significa una escasa conexión con la realidad y una carencia de capacidad de adaptación. Ya no es tiempo de reformas integrales ni de filigranas costosas para ponernos las cosas a nuestro gusto. Es tiempo de cambiar nuestro gusto! Glòries puede marcar un punto en la historia de la ciudad de Barcelona, el de la pérdida de autoridad y de razón por parte de las asociaciones de vecinos, las cuales también se pueden equivocar y, en este caso, de manera irreversible.

Xavier Monteys  /  El País, 21 de mayo de 2013

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Fotografia de Joan Sánchez

*En un artículo de La Vanguardia (23 de mayo del 2013) se actualiza el coste del derribo a 26 millones de euros

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