Ir y venir. De la calle a la casa, de la casa a la calle

Cena en una calle del barrio de Gracia

Cena en una calle del barrio de Gracia

Durante mucho tiempo hemos admitido que la calle comenzaba cuando la casa acababa, el espacio público era, por así decirlo, antagónico del espacio doméstico o del espacio privado. Hoy tenemos sin embargo nuestras dudas sobre esta división e incluso que ésta siempre haya sido tan clara, y basta observar algunas cosas desde la experiencia contemporánea para acabar concediendo en que tal vez esa frontera no haya sido siempre tan definida. En este momento se nos ocurren atropelladamente casos en los que esa distinción no es tan diáfana -el conocido plano de Roma de G. Nolli se presta a esta observación- y que hoy son pertinentes ya que nos ayudan a vislumbrar, más que una línea divisoria, una franja ambigua, un espacio de relleno que se define según distintos puntos de vista. Este es el caso, por ejemplo, de los balcones en algunas plazas mayores usados con independencia de la casa como palco para los espectáculos públicos y, por extensión, la primera crujía de los edificios de viviendas que sirve a la casa, pero también define la calle porque es su fachada. Es esta franja entre estos dos mundos, el espacio sobre el que ahora debemos trabajar.

En el caso de la arquitectura moderna, estábamos acostumbrados a ver ejemplos en los que lo urbano, lo público, era llevado hasta las puertas de casa, cuando no hasta dentro, ayudado del prestigio que el hecho urbano gozaba en la arquitectura moderna gracias a la sistematización y a la claridad de sus postulados y obviamente a la simpatía que despertaba lo público en la arquitectura moderna que entre otras cosas encarnaba sin fisuras el ideal democrático de la segunda posguerra europea. La rue interieur de la Unité de Marsella retrata esto con una claridad meridiana, haciendo que el corredor de acceso se convierta en una calle en altura y que desde ésta se acceda directamente a los apartamentos de los que, incluso el lechero, podía abrir directamente la nevera con una portezuela para dejar la leche desde la rue interieur.

Hace ya algún tiempo que empezamos a ver señales contrarias, es decir, la casa parecía domesticar la calle. Acciones como el Parking Day agitaban repentinamente nuestra visión del espacio público al tiempo que recordábamos escenas de la película Roma de F. Fellini (1972) con sus tranvías circulando entre los comensales de los restaurantes, o las comidas de vecinos en las fiestas populares o, mucho más anteriores, algunas escenas de La última cena en las pinturas de P. Veronés o de otros artistas del renacimiento. La calle era así domesticada, reclamando un uso del espacio publico más flexible, menos programado y sin represión formal ordenacística. La experiencia de la ciudad holandesa de Drachten, en la que fueron suprimidos hace pocos años  todas las señales de tráfico en uno de sus enclaves más conflictivos, apunta en la misma dirección, dejando que el uso de la calle sea regulado de una forma más parecida a lo que hacemos en casa que en la calle. Hoy, después del tiempo transcurrido desde la “ordenación” de la señalización comercial de las calles en nuestro país, como Madrid o Barcelona, ya no tenemos tan claro que suprimir algunos rótulos y marquesinas haya sido tan buena idea.

Representación teatral en el salón de una casa, de TeatrodeCERCA

Representación teatral en el salón de una casa, de TeatrodeCERCA. Fotografía extraída de la web de la compañía

Ahora este ir y venir de la ciudad a la casa y de la casa a la ciudad, parece haberse acelerado y empezamos a percibir cosas que van haciendo posible, si no desaparecer la línea que las separaba, sí cruzarla reiteradamente, hasta hacer menos categóricas algunas propiedades de ambas. Ahora vemos exposiciones que se hacen en casas o en la escalera de algunos edificios de viviendas, actuaciones y representaciones teatrales que se dispersan por distintas casas, como las realizadas por la compañía TeatrodeCERCA; obras de danza como Living room dancers en la que los espectadores “ven y oyen” desde la calle mirando con anteojos a las ventanas iluminadas de algunos hogares convertidos momentáneamente en escenarios públicos. Igual que el festival Balconitis y otras tantas experiencias en las que el interés reside en la casa mirada desde la calle. No hace mucho el artículo de Orhan Pamuk publicado en Babelia ponía nuevos ingredientes a esta historia que entrelaza intimidad a través del Museo de la Inocencia, coleccionismo y ciudades; convirtiendo la casa en museo y la colección de objetos ligados a la experiencia personal en algo colectivo sin ser ”oficial”, un genero especialmente escaso en una débil sociedad civil como la nuestra ahogada por la oficialidad de la política. La afirmación de Pamuk: “El futuro de los museos está dentro de nuestras propias casas”,  es una invitación en la misma línea de pensamiento.

Un ir y venir paradójico que tan acertadamente retrató en una entrevista el escritor y articulista Javier Pérez Andújar recogida en el documental Yo soy Cámara, producido por el CCCB y emitido por La 2 de TVE hace unas semanas. En él, Pérez Andújar ponía en claro un hecho hoy incontestable, mientras que tradicionalmente hemos buscado amparo en nuestras casas, hoy los inquilinos amenazados por los desahucios buscan amparo en la calle a través de la solidaridad de sus vecinos. Cuando el domicilio ya no es inviolable, la calle significa para muchos  amparo y protección. Una experiencia no muy distinta a la ocupación del espacio público mediante acampadas reivindicativas. La calle y la casa están intercambiando sus roles y de ello debemos extraer conclusiones. De hecho si hay dos cosas parecidas éstas son la calle y la casa. Y aunque no ponemos en duda su naturaleza diversa por definición, si reclamamos mirarlas como espacios que son susceptibles como ningún otro, de recoger de un modo tan claro la experiencia de sus usuarios, últimos responsables de que calles o viviendas idénticas entre si, sean, al fin, un retrato de los que las habitan y transitan.

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