Garage Space. Apuntes para una investigación

Steve Jobs y Stephen Wozniak, co-fundadores de Apple Computer

Con la muerte de Steve Jobs todos pudimos conocer que fue en un garaje de Los Altos (California) dónde el genial empresario forjó Apple Inc. en 1976. Muchos años atrás, en 1939, también Bill Hewlett y Dave Packard crearon la tecnológica HP en un garaje de Palo Alto. De hecho, muchas empresas exitosas de Estados Unidos han nacido en garajes: Microsoft, Google, Youtube, Whole Foods, Mattel, Amazon, Starbucks.

Es tan sorprendente esta coincidencia que algunas escuelas de negocios, como la de la Universidad Carlos Tercero de Madrid, nombran como “de Garaje” las ayudas a las Start Up’s de su campus. De hecho la relación entre garaje y empresa ha motivado algunas transformaciones de garajes públicos a viveros de empresas, como el espacio GarAJE de Madrid (Asociación de Jóvenes Empresarios) o el HUB-Madrid instalado en una vieja nave usada como aparcamiento. Igualmente el garaje se relaciona con el arte. Ha llovido mucho desde ese Ritmo de Garaje de Loquillo y Los Trogloditas (1983) que emulaba el estilo sesentero del Garage Rock. Un estilo que agrupaba grupos como Shadows of Knight, The Count, The Seeds, etc. El garaje también se ha emparentado con la cultura: el Garage Center for Contemporary Culture de Moscú es una rehabitación del extraordinario garaje Bakhmetevsky de Melnikov de 1926.

¿Dónde yace lo extraordinario de un garaje? Centra mi atención el garaje doméstico. Hay que empezar diciendo que el garaje es un espacio moderno: un invento de la primera década del siglo XX. Frank Lloyd Wright lo incorpora por primera vez en el volumen principal de una casa en la Robie House de 1909. En el cambio de siglo, encontramos aún cocheras de carruajes con los establos adyacentes y alejados del hogar (como es el caso de la casa Darwin D. Martin de Wright o los sótanos del Palacio Güell de Gaudí, por citar algunos ejemplos emblemáticos). En Europa la introducción de un espacio “doméstico” para el coche aparece más tarde. Le Corbusier, por ejemplo, empieza a introducir el garaje en el volumen de sus casas en los modelos Citrohan presentados al Salon d’Automne de París de 1922. Este espacio ha variado muy poco desde esos inicios. En la mayoría de los casos se trata de un ámbito de planta rectangular con una gran puerta que da al exterior y que ocupa casi la totalidad de uno de los lados. Sus dimensiones es lo único que se ha ido modificando en función del tamaño de los vehículos.

El garaje da para casi todo. Su base dimensional es el coche, sin duda el “mueble” más grande que uno tiene en casa. Pero el coche es, a menudo, lo de menos para un garaje, porque, paradójicamente, es en los tejidos de baja densidad donde se ubican las casas con garajes dónde menos problemas hay para aparcar. Con lo que el garaje se convierte en un enorme espacio vacío en el interior de la casa; mayor, en su mayoría, que la propia sala de estar.

Disponer de este espacio de oportunidades se suma a una necesidad humana. Druot, Lacaton y Vassal teorizaban en Plus (2007) que los ciudadanos huyen de la ciudad porque echan en falta un “espacio de modelación” para la casa. Aunque los autores vinculaban esta carencia con la capacidad que puede tener una casa de crecer hacia el jardín –capacidad que no tienen los bloques suburbiales–, a mi entender, esto también puede relacionarse con un “espacio de modelación” interno. Aquel que da cabida a necesidades de uso particulares del espacio doméstico. Un garaje deviene despensa, taller, gimnasio, sala de juegos, biblioteca, en función de cada familia y del momento en que se encuentra cada familia. También puede convertirse en oficina de negocios de dudoso futuro, como el que iniciaron Bill Hewlett y Dave Packard en 1939, o en un almacén de productos naturales como Whole Foods. Casa-garaje es sinónimo de casa-taller.

La dimensión del espacio convierte el garaje en el espacio versátil por excelencia del hogar. Pero, también, su enorme puerta permite extender su actividad hacia el exterior. A la vez, nos atrevemos a asegurar que el garaje es el espacio más privado de una casa. Los invitados se nos pueden colar en un baño, o les enseñamos las habitaciones, pero raras veces les enseñamos el garaje. Este espacio queda para nosotros. Nos da vergüenza que lo vean porqué allí yace aquello que no cabe en la dimensión pública de nuestra casa… el garaje es el espacio de la libertad. El vacío que supone en una casa es un vacío psicológico: aunque esté infrautilizado, el mero hecho de saber que está allí nos tranquiliza. Nunca se sabe a qué uso lo vamos a destinar… De ahí que estrambóticas ideas que han derivado en empresas de éxito tuvieran en el garaje su cuna.

En mi preocupación por entender porqué la gente huye de la ciudad quizá encuentre parte de la respuesta en este espacio sin prestigio alguno. Sin embargo, a sabiendas del impacto ecológico que las urbanizaciones de baja densidad de primera o segunda residencia tienen para el territorio, pero a sabiendas, también, de que un espacio semejante es deseado por el habitante urbano, a uno le inquieta el siguiente reto: ¿es posible insertar la dimensión doméstica que supone un “garaje” en las viviendas colectivas?

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