¿Aprovechamos bien los sitios feos?

¿Aprovechamos bien los sitios feos?

¿Hay sitios feos? ¿No son una coartada para hacer proyectos de mejora? ¿Los proyectos de mejora, son en realidad mejoras? Robert Louis Stevenson en un texto muy elocuente titulado: “Sobre cómo disfrutar en los lugares desagradables”, sugería, entre otras cosas, una dieta de lugares severos para poder apreciar verdaderamente lo que es hermoso. El texto de Stevenson suscita otra cuestión nada desdeñable y ésta es el reconocimiento que los lugares feos o desagradables existen.

El pequeño ensayo se convierte en una invitación a aprovechar también estos lugares y a cuestionarnos sobre ellos hasta el punto que, al cabo de un cierto tiempo, comienza a aparecer un interés real en éstos…

¿Qué es verdaderamente desagradable y qué lo es coyunturalmente? Mientras que hemos aprendido a interpretar el video-arte, el teatro contemporáneo, las performances, el cine o la música, hasta el punto de desarrollar una comprensión del arte contemporáneo en claves que hace unas décadas hubieran resultado imposibles, no parece que hayamos hecho lo mismo con el espacio público, por ejemplo. Mientras que vivir en una nave industrial hubiera resultado inconcebible hace tan solo dos generaciones, de no ser en una situación de emergencia, hoy nos resulta absolutamente normal e incluso algo superado. Del mismo modo se comienza a detectar en algunas cosas que hemos desarrollado un cierto gusto por lo viejo, lo reparado o lo inapropiado. En el vestir, por ejemplo, es absolutamente corriente.

¿Qué resulta más sencillo, realizar la reforma de un enclave urbano que consideramos feo, o formar al público para que aquel lugar sea contemplado con otros ojos? Habrá quien dirá con razón que la reforma de algunos lugares se acomete para resolver ciertos problemas que han creado la circulación rodada o la falta de accesibilidad, de higiene o de seguridad. Estas situaciones urbanas hacen aparecer un repertorio de argumentos entre los que suelen encontrarse cuestiones de orden formal que acaban por convertirse en un despliegue de elementos que garantizan una sistematización artificial –hay que decirlo- del espacio público. Así se unifican y sustituyen farolas, bancos, pavimentos o incluso el arbolado, en la creencia de que con estos elementos se ordena y limpia un espacio publico y se lo hace “bonito”. Probablemente algunas veces esta operación mejora cosas, pero muchas otras el beneficio es discutible. No se trata de discutir si el coste hubiera podido ahorrarse, este es un argumento muchas veces demagógico, se trata de evitar una banalización de la opinión sobre el espacio público y no se nos ocurre nada mejor que empezar por considerar positivamente los lugares públicos feos. Por ejemplo ¿estamos seguros que ciertos lugares son “más bonitos” después de una reforma? Hoy comienza a resultar insoportable la idea de un espacio coordinado y homogeneizado que ha acabado especializado innecesariamente y, cada vez más, nos resultan más interesantes los lugares con defectos, desestructurados o contradictorios, hace casi 40 años de la aparición del texto “Complexty and Contradiction in architecture” de Robert Venturiy aún no parece haber sido asimilado de un modo cotidiano, al igual que algunos textos de Robert Smithson.

Los arquitectos Lacaton & Vassal iniciaron su andadura con un proyecto (si es que se puede llamar así) que con el tiempo se ha convertido en un manifiesto. La reforma de la plaza León Aucoc de Burdeos (1996), que las autoridades debieron considerar fea y ellos no, se convirtió en 2003 en un ejemplo de lo que puede ser hoy el trabajo de un arquitecto. En propiedad podríamos discutir si llamar a esto “el trabajo de un proyectista”. Si lo es, entonces un proyecto esconde muchas más maneras de hacer que las que se enseñan en las escuelas y el sentido del término debería ampliarse hasta hacerlo coincidir con lo que la realidad reclama de él. Si por el contario no lo es, entonces un arquitecto no tiene por que necesariamente ser un proyectista. Las dos nos conducen a una revisión de lo que llamamos Proyecto de Arquitectura.

Hasta ahora los arquitectos hemos reaccionado al estimulo de un lugar feo proponiendo como hacerlo más bonito ¿No es hora de empezar a pensar en otro estímulo? Podemos trabajar para mejorar una comprensión positiva de lo feo? La idea de rehabitar se encuentra en un cruce de caminos y uno de ellos es lo feo, hasta el punto que comenzamos a pensar en que lo verdaderamente feo son cierto tipo de operaciones de mejora de estos lugares. Hoy decididamente mucho de lo feo es sencillamente extraordinario!

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