Una habitación hinchable

El día 20 de octubre, El País publicaba una noticia relacionada con la fotografía. Por 321 euros, se puede disponer de un plató hinchable de 10 x 6 x 6 metros con motor de aire incluido; o lo que es lo mismo, 60 m2 o 360 m3 de espacio interior.

En lugar de un estudio permanente de fotografía, el espacio del plató hichable sólo existe cuando se necesita. El resto del tiempo, es un embalaje fácil de transportar que cabe en cualquier parte. Hubo un tiempo, en la década de 1960, en que visionarios como el grupo Archigram, imaginaban que la arquitectura para nuestra vida cotidiana podía ser hinchable y portátil; enchufable en cualquier parte (en nuevas estructuras concebidas ex profeso o sobre nuestras propias casas).

Aquellas propuestas dibujaban una sociedad distinta a la real, en la que era posible que el espacio habitable viajase con uno mismo, en forma de traje que se despliega hasta configurar una habitación para uno o para dos, como el Suitaloon de Michael Webb, de 1968. El espacio construído no se asociaba al territorio sino al individuo, convertido en una especie de nómada contemporáneo.

El estudio portátil no es una alternativa a la casa: consume energía y emite ruído mientras está hinchado; pero nos recuerda que existen formas de habitar que, por su naturaleza temporal, no precisan de una construcción perdurable que consuma más suelo y más infrastructruras. Pensemos en las casas y apartamentos de veraneo, por ejemplo; unas construcciones que se usan durante dos o tres meses al año pero cuya huella es permanente. ¿Tan dificil sería imaginar otras maneras de pasar las vacaciones o de viajar? Creo que ya están inventadas.

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